ARAME FALADO

MARCUS FABIANO GONÇALVES

Mês: maio, 2015

PABLO NERUDA: DISCURSO DO NOBEL E OUTRAS RARIDADES

NERUDA

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Señoras, Señores, Señores Académicos, Señores Embajadores, Amigos

Mi discurso será una larga travesía, un viaje mío por regiones, lejanas y antípodas, no por eso menos semejantes al paisaje y a las soledades del norte. Hablo del extremo sur de mi país. Tanto y tanto nos alejamos los chilenos hasta tocar con nuestros limites el Polo Sur, que nos parecemos a la geografía de Suecia, que roza con su cabeza el norte nevado del planeta

Por allí, por aquellas extensiones de mi patria adonde me condujeron acontecimientos ya olvidados en sí mismos, hay que atravesar, tuve que atravesar los Andes buscando la frontera de mi país con Argentina. Grandes bosques cubren como un túnel las regiones inaccesibles y como nuestro camino era oculto y vedado, aceptábamos tan sólo los signos más débiles de la orientación. No había huellas, no existían senderos y con mis cuatro compañeros a caballo buscábamos en ondulante cabalgata -eliminando los obstáculos de poderosos árboles, imposibles ríos, roqueríos inmensos, desoladas nieves, adivinando mas bien el derrotero de mi propia libertad. Los que me acompañaban conocían la orientación, la posibilidad entre los grandes follajes, pero para saberse más seguros montados en sus caballos marcaban de un machetazo aquí y allá las cortezas de los grandes árboles dejando huellas que los guiarían en el regreso, cuando me dejaran solo con mi destino. Cada uno avanzaba embargado en aquella soledad sin márgenes, en aquel silencio verde y blanco, los árboles, las grandes enredaderas, el humus depositado por centenares de años, los troncos semi-derribados que de pronto eran una barrera más en nuestra marcha. Todo era a la vez una naturaleza deslumbradora y secreta y a la vez una creciente amenaza de frío, nieve, persecución. Todo se mezclaba: la soledad, el peligro, el silencio y la urgencia de mi misión. A veces seguíamos una huella delgadísima, dejada quizás por contrabandistas o delincuentes comunes fugitivos, e ignorábamos si muchos de ellos habían perecido, sorprendidos de repente por las glaciales manos del invierno, por las tormentas tremendas de nieve que, cuando en los Andes se descargan, envuelven al viajero, lo hunden bajo siete pisos de blancura.

A cada lado de la huella contemplé, en aquella salvaje desolación, algo como una construcción humana. Eran trozos de ramas acumulados que habían soportado muchos inviernos, vegetal ofrenda de centenares de viajeros, altos cúmulos de madera para recordar a los caídos, para hacer pensar en los que no pudieron seguir y quedaron allí para siempre debajo de las nieves. También mis compañeros cortaron con sus machetes las ramas que nos tocaban las cabezas y que descendían sobre nosotros desde la altura de las coníferas inmensas, desde los robles cuyo último follaje palpitaba antes de las tempestades del invierno. Y también yo fui dejando en cada túmulo un recuerdo, una tarjeta de madera, una rama cortada del bosque para adornar las tumbas de uno y otro de los viajeros desconocidos.

Teníamos que cruzar un río. Esas pequeñas vertientes nacidas en las cumbres de los Andes se precipitan, descargan su fuerza vertiginosa y atropelladora, se tornan en cascadas, rompen tierras y rocas con la energía y la velocidad que trajeron de las alturas insignes: pero esa vez encontramos un remanso, un gran espejo de agua, un vado. Los caballos entraron, perdieron pie y nadaron hacia la otra ribera. Pronto mi caballo fue sobrepasado casi totalmente por las aguas, yo comencé a mecerme sin sostén, mis pies se afanaban al garete mientras la bestia pugnaba por mantener la cabeza al aire libre. Así cruzamos. Y apenas llegados a la otra orilla, los baqueanos, los campesinos que me acompañaban me preguntaron con cierta sonrisa:

¿Tuvo mucho miedo?

Mucho. Creí que había llegado mi última hora, dije.

Íbamos detrás de usted con el lazo en la mano me respondieron. -Ahí mismo –agregó uno de ellos– cayó mi padre y lo arrastró la corriente. No iba a pasar lo mismo con usted. Seguimos hasta entrar en un túnel natural que tal vez abrió en las rocas imponentes un caudaloso río perdido, o un estremecimiento del planeta que dispuso en las alturas aquella obra, aquel canal rupestre de piedra socavada, de granito, en el cual penetramos. A los pocos pasos las cabalgaduras resbalaban, trataban de afincarse en los desniveles de piedra, se doblegaban sus patas, estallaban chispas en las herraduras: más de una vez me vi arrojado del caballo y tendido sobre las rocas. La cabalgadura sangraba de narices y patas, pero proseguimos empecinados el vasto, el espléndido, el difícil camino.

Algo nos esperaba en medio de aquella selva salvaje. Súbitamente, como singular visión, llegamos a una pequeña y esmerada pradera acurrucada en el regazo de las montañas: agua clara, prado verde, flores silvestres, rumor de rios y el cielo azul arriba, generosa luz ininterrumpida por ningún follaje.

Allí nos detuvimos como dentro de un círculo mágico, como huéspedes de un recinto sagrado: y mayor condición de sagrada tuvo aun la ceremonia en la que participé. Los vaqueros bajaron de sus cabalgaduras. En el centro del recinto estaba colocada, como en un rito, una calavera de buey. Mis compañeros se acercaron silenciosamente, uno por uno, para dejar unas monedas y algunos alimentos en los agujeros de hueso. Me uní a ellos en aquella ofrenda destinada a toscos Ulises extraviados, a fugitivos de todas las raleas que encontrarían pan y auxilio en las órbitas del toro muerto. Pero no se detuvo en este punto la inolvidable ceremonia. Mis rústicos amigos se despojaron de sus sombreros e iniciaron una extraña danza, saltando sobre un solo pie alrededor de la calavera abandonada, repasando la huella circular dejada por tantos bailes de otros que por allí cruzaron antes. Comprendí entonces de una manera imprecisa, al lado de mis impenetrables compañeros, que existía una comunicación de desconocido a desconocido, que había una solicitud, una petición y una respuesta aún en las más lejanas y apartadas soledades de este mundo.

Más lejos, ya a punto de cruzar las fronteras que me alejarían por muchos años de mi patria, llegamos de noche a las últimas gargantas de las montañas. Vimos de pronto una luz encendida que era indicio cierto de habitación humana y, al acercarnos, hallamos unas desvencijadas construcciones, unos destartalados galpones al parecer vacíos. Entramos a uno de ellos y vimos, al calor de la lumbre, grandes troncos encendidos en el centro de la habitación, cuerpos de árboles gigantes que allí ardían de día y de noche y que dejaban escapar por las hendiduras del techo ml humo que vagaba en medio de las tinieblas como un profundo velo azul. Vimos montones de quesos acumulados por quienes los cuajaron a aquellas alturas. Cerca del fuego, agrupados como sacos, yacían algunos hombres. Distinguimos en el silencio las cuerdas de una guitarra y las palabras de una canción que, naciendo de las brasas y la oscuridad, nos traía la primera voz humana que habíamos topado en el camino. Era una canción de amor y de distancia, un lamento de amor y de nostalgia dirigido hacia la primavera lejana, hacia las ciudades de donde veníamos, hacia la infinita extensión de la vida.

Ellos ignoraban quienes éramos, ellos nada sabían del fugitivo, ellos no conocían mi poesía ni mi nombre. O lo conocían, nos conocían? El hecho real fue que junto a aquel fuego cantamos y comimos, y luego caminamos dentro de la oscuridad hacia unos cuartos elementales. A través de ellos pasaba una corriente termal, agua volcánica donde nos sumergimos, calor que se desprendía de las cordilleras y nos acogió en su seno.

Chapoteamos gozosos, cavándonos, limpiándonos el peso de la inmensa cabalgata. Nos sentimos frescos, renacidos, bautizados, cuando al amanecer emprendimos los últimos kilómetros de jornadas que me separarían de aquel eclipse de mi patria. Nos alejamos cantando sobre nuestras cabalgaduras, plenos de un aire nuevo, de un aliento que nos empujaba al gran camino del mundo que me estaba esperando. Cuando quisimos dar (lo recuerdo vivamente) a los montañeses algunas monedas de recompensa por las canciones, por los alimentos, por las aguas termales, por el techo y los lechos, vale decir, por el inesperado amparo que nos salió al encuentro, ellos rechazaron nuestro ofrecimiento sin un ademán. Nos habían servido y nada más. Y en ese “nada más” en ese silencioso nada más había muchas cosas subentendidas, tal vez el reconocimiento, tal vez los mismos sueños.

Señoras y Señores:

Yo no aprendí en los libros ninguna receta para la composición de un poema: y no dejaré impreso a mi vez ni siquiera un consejo, modo o estilo para que los nuevos poetas reciban de mí alguna gota de supuesta sabiduría. Si he narrado en este discurso ciertos sucesos del pasado, si he revivido un nunca olvidado relato en esta ocasión y en este sitio tan diferentes a lo acontecido, es porque en el curso de mi vida he encontrado siempre en alguna parte la aseveración necesaria, la fórmula que me aguardaba, no para endurecerse en mis palabras sino para explicarme a mí mismo.

En aquella larga jornada encontré las dosis necesarias a la formación del poema. Allí me fueron dadas las aportaciones de la tierra y del alma. Y pienso que la poesía es una acción pasajera o solemne en que entran por parejas medidas la soledad y la solidaridad, el sentimiento y la acción, la intimidad de uno mismo, la intimidad del hombre y la secreta revelación de la naturaleza. Y pienso con no menor fe que todo esta sostenido -el hombre y su sombra, el hombre y su actitud, el hombre y su poesia en una comunidad cada vez más extensa, en un ejercicio que integrará para siempre en nosotros la realidad y los sueños, porque de tal manera la poesia los une y los confunde. Y digo de igual modo que no sé, después de tantos años, si aquellas lecciones que recibí al cruzar un vertiginoso río, al bailar alrededor del cráneo de una vaca, al bañar mi piel en el agua purificadora de las más altas regiones, digo que no sé si aquello salía de mí mismo para comunicarse después con muchos otros seres, o era el mensaje que los demás hombres me enviaban como exigencia o emplazamiento. No sé si aquello lo viví o lo escribí, no sé si fueron verdad o poesía, transición o eternidad los versos que experimenté en aquel momento, las experiencias que canté más tarde.

De todo ello, amigos, surge una enseñanza que el poeta debe aprender de los demás hombres. No hay soledad inexpugnable. Todos los caminos llevan al mismo punto: a la comunicación de lo que somos. Y es preciso atravesar la soledad y la aspereza, la incomunicación y el silencio para llegar al recinto mágico en que podemos danzar torpemente o cantar con melancolía; mas en esa danza o en esa canción están consumados los más antiguos ritos de la conciencia: de la conciencia de ser hombres y de creer en un destino común.

En verdad, si bien alguna o mucha gente me consideró un sectario, sin posible participación en la mesa común de la amistad y de la responsabilidad, no quiero justificarme, no creo que las acusaciones ni las justificaciones tengan cabida entre los deberes del poeta. Después de todo, ningún poeta administró la poesía, y si alguno de ellos se detuvo a acusar a sus semejantes, o si otro pensó que podría gastarse la vida defendiéndose de recriminaciones razonables o absurdas, mi convicción es que sólo la vanidad es capaz de desviarnos hasta tales extremos. Digo que los enemigos de la poesía no están entre quienes la profesan o resguardan, sino en la falta de concordancia del poeta. De ahí que ningún poeta tenga más enemigo esencial que su propia incapacidad para entenderse con los más ignorados y explotados de sus contemporáneos; y esto rige para todas las épocas y para todas las tierras.

El poeta no es un “pequeño dios”. No, no es un “pequeño dios”. No está signado por un destino cabalístico superior al de quienes ejercen otros menesteres y oficios. A menudo expresé que el mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero más próximo, que no se cree dios. Él cumple su majestuosa y humilde faena de amasar, meter al horno, dorar y entregar el pan de cada día, como una obligación comunitaria. Y si el poeta llega a alcanzar esa sencilla conciencia, podrá también la sencilla conciencia convertirse en parte de una colosal artesanía, de una construcción simple o complicada, que es la construcción de la sociedad, la transformación de las condiciones que rodean al hombre, la entrega de la mercadería: pan, verdad, vino, sueños. Si el poeta se incorpora a esa nunca gastada lucha por consignar cada uno en manos de los otros su ración de compromiso, su dedicación y su ternura al trabajo común de cada día y de todos los hombres, el poeta tomará parte en el sudor, en el pan, en el vino, en el sueño de la humanidad entera. Sólo por ese camino inalienable de ser hombres comunes llegaremos a restituirle a la poesía el anchuroso espacio que le van recortando en cada época, que le vamos recortando en cada época nosotros mismos.

Los errores que me llevaron a una relativa verdad, y las verdades que repetidas veces me condujeron al error, unos y otras no me permitieron -ni yo lo pretendí nunca- orientar, dirigir, enseñar lo que se llama el proceso creador, los vericuetos de la literatura. Pero sí me di cuenta de una cosa: de que nosotros mismos vamos creando los fantasmas de nuestra propia mitificacion. De la argamasa de lo que hacemos, o queremos hacer, surgen más tarde los impedimentos de nuestro propio y futuro desarrollo. Nos vemos indefectiblemente conducidos a la realidad y al realismo, es decir, a tomar una conciencia directa de lo que nos rodea y de los caminos de la transformación, y luego comprendemos, cuando parece tarde, que hemos construido una limitación tan exagerada que matamos lo vivo en vez de conducir la vida a desenvolverse y florecer. Nos imponemos un realismo que posteriormente nos resulta más pesado que el ladrillo de las construcciones, sin que por ello hayamos erigido el edificio que contemplábamos como parte integral de nuestro deber. Y en sentido contrario, si alcanzamos a crear el fetiche de lo incomprensible (o de lo comprensible para unos pocos), el fetiche de lo selecto y de lo secreto, si suprimimos la realidad y sus degeneraciones realistas, nos veremos de pronto rodeados de un terreno imposible, de un tembladeral de hojas, de barro, de libros, en que se hunden nuestros pies y nos ahoga una incomunicación opresiva.

En cuanto a nosotros en particular, escritores de la vasta extensión americana, escuchamos sin tregua el llamado para llenar ese espacio enorme con seres de carne y hueso. Somos conscientes de nuestra obligación de pobladores y -al mismo tiempo que nos resulta esencial el deber de una comunicación critica en un mundo deshabitado y, no por deshabitado menos lleno de injusticias, castigos y dolores, sentimos también el compromiso de recobrar los antiguos sueños que duermen en las estatuas de piedra, en los antiguos monumentos destruidos, en los anchos silencios de pampas planetarias, de selvas espesas, de ríos que cantan como sueños. Necesitamos colmar de palabras los confines de un continente mudo y nos embriaga esta tarea de fabular y de nombrar. Tal vez ésa sea la razón determinante de mi humilde caso individual: y en esa circunstancia mis excesos, o mi abundancia, o mi retórica, no vendrían a ser sino actos, los más simples, del menester americano de cada día. Cada uno de mis versos quiso instalarse como un objeto palpable: cada uno de mis poemas pretendió ser un instrumento útil de trabajo: cada uno de mis cantos aspiró a servir en el espacio como signos de reunión donde se cruzaron los caminos, o como fragmento de piedra o de madera con que alguien, otros que vendrán, pudieran depositar los nuevos signos.

Extendiendo estos deberes del poeta, en la verdad o en el error, hasta sus últimas consecuencias, decidí que mi actitud dentro de la sociedad y ante la vida debía ser también humildemente partidaria. Lo decidí viendo gloriosos fracasos, solitarias victorias, derrotas deslumbrantes. Comprendí, metido en el escenario de las luchas de América, que mi misión humana no era otra sino agregarme a la extensa fuerza del pueblo organizado, agregarme con sangre y alma, con pasión y esperanza, porque sólo de esa henchida torrentera pueden nacer los cambios necesarios a los escritores y a los pueblos. Y aunque mi posición levantara o levante objeciones amargas o amables, lo cierto es que no hallo otro camino para el escritor de nuestros anchos y crueles países, si queremos que florezca la oscuridad, si pretendemos que los millones de hombres que aún no han aprendido a leernos ni a leer, que todavía no saben escribir ni escribirnos, se establezcan en el terreno de la dignidad sin la cual no es posible ser hombres integrales.

Heredamos la vida lacerada de los pueblos que arrastran un castigo de siglos, pueblos los más edénicos, los más puros, los que construyeron con piedras y metales torres milagrosas, alhajas de fulgor deslumbrante: pueblos que de pronto fueron arrasados y enmudecidos por las épocas terribles del colonialismo que aún existe.

Nuestras estrellas primordiales son la lucha y la esperanza. Pero no hay lucha ni esperanza solitarias. En todo hombre se juntan las épocas remotas, la inercia, los errores, las pasiones, las urgencias de nuestro tiempo, la velocidad de la historia. Pero, qué sería de mí si yo, por ejemplo, hubiera contribuido en cualquiera forma al pasado feudal del gran continente americano? Cómo podría yo levantar la frente, iluminada por el honor que Suecia me ha otorgado, si no me sintiera orgulloso de haber tomado una mínima parte en la transformación actual de mi país? Hay que mirar el mapa de América, enfrentarse a la grandiosa diversidad, a la generosidad cósmica del espacio que nos rodea, para entender que muchos escritores se niegan a compartir el pasado de oprobio y de saqueo que oscuros dioses destinaron a los pueblos americanos.

Yo escogí el difícil camino de una responsabilidad compartida y, antes de reiterar la adoración hacia el individuo como sol central del sistema, preferí entregar con humildad mi servicio a un considerable ejército que a trechos puede equivocarse, pero que camina sin descanso y avanza cada día enfrentándose tanto a los anacrónicos recalcitrantes como a los infatuados impacientes. Porque creo que mis deberes de poeta no sólo me indicaban la fraternidad con la rosa y la simetría, con el exaltado amor y con la nostalgia infinita, sino también con las ásperas tareas humanas que incorporé a mi poesía.

Hace hoy cien años exactos, un pobre y espléndido poeta, el más atroz de los desesperados, escribió esta profecía: A l’aurore, armés d’une ardente patience, nous entrerons aux splendides Villes. (Al amanecer, armados de una ardiente paciencia entraremos en las espléndidas ciudades.)

Yo creo en esa profecía de Rimbaud, el vidente. Yo vengo de una oscura provincia, de un país separado de todos los otros por la tajante geografía. Fui el más abandonado de los poetas y mi poesía fue regional, dolorosa y lluviosa. Pero tuve siempre confianza en el hombre. No perdí jamás la esperanza. Por eso tal vez he llegado hasta aquí con mi poesía, y también con mi bandera.

En conclusión, debo decir a los hombres de buena voluntad, a los trabajadores, a los poetas, que el entero porvenir fue expresado en esa frase de Rimbaud: solo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres.

Así la poesía no habrá cantado en vano.

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NERUDA ENTREVISTADO POR GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

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NERUDA ENTREVISTADO EM PARIS



OS TLACUILOS E A TENOCHTITLAN VISTA POR HERNÁN CORTÉS

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Ganhei o presente abaixo do historiador mexicano Joaquin Cabrera enquanto estudava os tlacuilos, espécie de escribas e notários pré-colombianos da Mesoamérica. Eles trabalhavam sob a proteção de Xochiquétzal (a flor preciosa, deusa da beleza e da fertilidade, representada pelo pictograma acima) e se ocupavam de produzir a belíssima escrita de glifos gravada e colorida nas edificações e documentos do Império Asteca. Os tlacuilos foram responsáveis por alimentar imensas bilbiotecas de códices redigidos sobre peles de animais, madeira, papel e telas de algodão. Tais bibliotecas, chamadas amoxcalli, guardavam poemas, linhagens genealógicas, acervos de mitos e uma infinidade de documentos tributários e administrativos. Mas, à diferença dos escribas dos antigo Egito, os tlacuilos não detinham o monopólio da escrita e da leitura, que os historiadores hoje acreditam ter sido razoavelmente bem difundida entre todos. Com a chegada d’El Conquistador, no século XVI, a grande maioria dos códices foi queimada por ordem da Igreja e alguns tlacuilos passaram a ser forçados a redigir outros documentos, com iconogafias que já se aproximavam dos padrões europeus e até chegavam a exagerar o tamanho físico dos sacerdotes e dos armamentos espanhóis.

As gravações abaixo, que recebi em MP3, são a leitura do fragmento La gran Tenochtitlan, extraído das Cartas de Relación, escritas por Hernán Cortés como descrição da capital do império asteca (governado por Montezuma), em 1520, ao rei da Espanha, Carlos V. Pelo que soube, a leitura foi feita por Juan Stack para um projeto de podcast da Universidade Autônoma do México (UNAM) em 2008. O relato de Cortés é riquíssimo em detalhes que vão do sistema lacustre à arquitetura da cidade, passando pelos costumes de seus habitantes. Trata-se de algo semelhante à nossa Carta do Achamento, de Pero Vaz de Caminha. Depois de se compreender o esplendor e a riqueza cultural de Tenochtitlan, resta sempre essa pergunta: como ela pode ter sido dominada por apenas 500 europeus com míseros 16 cavalos?

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PENSAR À MÃO

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Nesse texto de contundente elegância, Alfredo Bosi traz à presença do espírito a força do corpo em sua habilidade de se vincular, pela mão, a tudo aquilo que em grego se chama ποίησις (poiesis): criação, produção, fabricação. Eu o considero umas das melhores coisas que sinteticamente já se escreveu a respeito da mão humana. E não consigo chegar até seu final sem ser tomado de uma profunda emoção, pois acredito ser possível lê-lo também como um poema. E que poema! Essa postagem é uma continuação das discussões em torno do conceito fenomenológico de Zuhandenheit, invocado no tópico anterior, Antropologia poética do ferro.

 

OS TRABALHOS DA MÃO

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para Ecléa 

A mão arranca da terra a raiz e a erva, colhe da árvore o fruto, descasca-o, leva-o à boca. A mão apanha o objeto, remove-o, achega-o ao corpo, lança-o de si. A mão puxa e empurra, junta e espalha, arrocha e afrouxa, contrai e distende, enrola e desenrola; roça, toca, apalpa, acaricia, belisca, unha, aperta, esbofeteia, esmurra; depois, massageia o músculo dorido. A mão tateia com as pontas dos dedos, apalpa e calca com a polpa, raspa, arranha, escarva, escarifica e escarafuncha com as unhas. Com o nó dos dedos, bate.

A mão abre a ferida e a pensa. Eriça o pêlo e o alisa. Entrança e destrança o cabelo. Enruga e desenruga o papel e o pano. Unge e esconjura, asperge e exorciza.

Acusa com o índex, aplaude com as palmas, protege com a concha. Faz viver alçando o polegar; baixando-o, manda matar.

Mede com o palmo, sopesa com a palma.

Aponta com gestos o eu, o tu, o ele; o aqui, o aí, o ali; o hoje, o ontem, o amanhã; o pouco, o muito, o mais ou menos; o um, o dois, o três, os números até dez e os seus múltiplos e quebrados. O não, o nunca, o nada. É voz do mudo, é voz do surdo, é leitura do cego. Faz levantar a voz, amaina o vozerio, impõe silêncio. Saúda o amigo balançando leve ao lado da cabeça e, no mesmo aceno, estira o braço e diz adeus. Urge e manda parar. Traz ao mundo a criança, esgana o inimigo.

Ensaboa a roupa, esfrega, torce, enxágua, estende-a ao sol, recolhe-a dos varais, desfaz-lhe as pregas, dobra-a, guarda-a.

A mão prepara o alimento. Debulha o grão, depela o legume, desfolha a verdura, descarna o peixe, depena a ave e a desossa. Limpa. Espreme até extrair o suco. Piloa de punho fechado, corta em quina, mistura, amassa, sova, espalma, enrola, amacia, unta, recobre, enfarinha, entrouxa, enforma, desenforma, polvilha, guarnece, afeita, serve.

A mão joga a bola e apanha, apara e rebate. Soergue-a e deixa-a cair.

A mão faz som: bate na perna e no peito, marca o compasso, percute o tambor e o pandeiro, batuca, estala as asas das castanholas, dedilha as cordas da harpa e do violão, dedilha as teclas do cravo e do piano, empunha o arco do violino e do violoncelo, empunha o tubo das madeiras e dos metais. Os dedos cerram e abrem o caminho do sopro que sai pelos furos da flauta, do clarim e do oboé. A mão rege a orquestra.

A mão, portadora do sagrado. As mãos postas oram, palma contra palma ou entrançados os dedos. Com a mão o fiel se persigna. A mão, doadora do sagrado. A mão mistura o sal à água do batismo e asperge o novo cristão; a mão unge de óleo no crisma, enquanto com a destra o padrinho toca no ombro do afilhado; os noivos estendem as mãos para celebrarem o sacramento do amor e dão-se mutuamente os anulares para receber o anel da aliança; a mão absolve do pecado o penitente; as mãos servem o pão da eucaristia ao comungante; as mãos consagram o novo sacerdote; as mãos levam a extrema-unção ao que vai morrer; e ao morto, a bênção e o voto da paz. In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum.

Para perfazer tantíssimas ações basta-lhe uma breve mas dúctil anatomia: oito ossinhos no pulso, cinco no metacarpo e os dedos com as suas falanges, falanginhas e falangetas.

Mas será um nunca acabar dizer tudo quanto a mão consegue fazer quando a prolongam e potenciam os instrumentos que o engenho humano foi inventando na sua contradança de precisões e desejos.

A mão lavra a terra há pelo menos oito mil anos, quando começou o Neolítico em várias partes do globo. Com as mãos, desde que criou a agricultura, o homem semeia, poda e colhe. Empunhando o machado e a foice, desbasta a floresta; com a enxada revolve a terra, limpa o mato, abre covas. Com a picareta, escava e desenterroa. Com a pá, estruma. Com o rastelo e o forcado, gradeia, sulca e limpa. Com o regador, água. Desgalha com a faca e o tesourão. Manejando o cabo dos utensílios de cozinha, o homem pode talhar a carne, trinchar as aves, espetar os alimentos sólidos e conter os líquidos que escoariam pelas juntas das mãos em concha.

Morar é possível porque mãos firmes de pele dura amassam o barro, empilham pedras, atam bambus, assentam tijolos, aprumam o fio, trançam ripas, diluem a cal virgem, moldam o concreto, argamassam juntas, desempenam o reboco, armam o madeirame, cobrem com telha, goivo ou sapé, pregam ripas no forro, pregam tábuas no assoalho, rejuntam azulejos, abrem portas, recortam janelas, chumbam batentes, dão à pintura a última demão.

A mão do oleiro leva o barro ao fogo: tijolo. A mão do vidreiro faz a bolha de areia, e do sopro nasce o cristal.

A mão da mulher tem olheiros nas pontas dos dedos: risca o pano, enfia a agulha, costura, alinhava, pesponta, chuleia, cirze, caseia. Prende o tecido nos aros do bastidor: e tece e urde e borda.

A mão do lenhador brande o machado e racha o tronco. Vem o carpinteiro e da lenha faz o lenho: raspa e desbasta com a plaina, apara com o formão, alisa e desempena com a lixa, penetra com a cunha, corta com a serra, entalha com a talhadeira, boleia com o torno, crava pregos com o martelo, marcheta com as tachas, encera e lustra com o feltro.

O ferreiro malha o ferro na bigorna, com o fogo o funde, com o cobre o solda, com a broca o fura, com a lima o rói, com a tenaz o verga, torce e arrebita.

O gravador entalha e chanfra com o cinzel, pule com o buril. O ourives lapida com diamante, corta com o cinzel, afina com o buril, engasta com a pinça, apura com o esmeril.

O escultor corta e lavra com o escopro e o formão.
O pintor, lápis ou pincel na mão, risca, rabisca, alinha, enquadra, traça, esboça, debuxa, mancha, pincela, pontilha, empastela, retoca, remata.
O escritor garatuja, rascunha, escreve, reescreve, rasura, emenda, cancela, apaga.

Na Idade da Máquina, a mão teria, por acaso, perdido as finíssimas articulações com que se casava às saliências e reetrâncias da matéria? O artesanato, por força, recua ou decai, e as mãos manobram nas linhas de montagem à distância dos seus produtos.

Pressionam botões, acionam manivelas, ligam e desligam chaves, puxam e empurram alavancas, controlam painéis, cedendo à máquina tarefas que outrora lhes cabiam. A máquina, dócil e por isso violenta, cumpre exata o que lhe mandam fazer; mas, se poupa o músculo do operário, também sabe cobrar exigindo que vele junto a ela sem cessar: se não, decepa dedos distraídos. Foram oito milhões os acidentes de trabalho só no Brasil de 1975.

Alfredo Bosi
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In. O Ser e o Tempo da Poesia. São Paulo: Cultrix, 1987.

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ANTROPOLOGIA POÉTICA DO FERRO

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KPINGA: A IDADE DO FERRO

por aqui os negros da terra não conheciam o ferro. só mais acima, uns seus primos é que fundiam outros metais, muito mais amarelos. diversas culturas só de bronze os seus gumes tiveram. do ferro e do aço, jamais a glória e o flagelo –  a exemplo das centúrias romanas ou dos hoplitas em Ítaca, que reinaram sob o cobre dessa liga –  boa mas nunca tão rígida como o ferro dos hititas, capaz de repelir as letais bigas egípcias.

a forja refaz do ferro a lava em sua gana de fogo para logo desfazê-la, quando sólida de novo, ainda mais forte que o marfim e o osso. ferro: substância e forma do sabre vitorioso. dele e de outras ferramentas nascidas do forno: o facão que decepa, a pua que espeta, a enxada que revolve a terra e o machado que ao derrubar a relva produz a madeira que o prego penetra. ferro: mais que ouro na guerra.

kpinga: na África, um privilégio do clã Avongara, a arma de arremesso dos Azande, arranjo entre adaga, foice e lança. um falcão capaz de atingir cinco homens. e até de contornar seus escudos. espécie de bumerangue muito mais cruel e astuto. cavalos e homens sofreram o terror desse voo recurvo, aprendido quiçá com os núbios. jalis e bruxos disseram não ser desse mundo. um pacto de reis baniu das batalhas o seu uso. Ogum e Xangô selaram esse acordo, mantendo-a distante de seu povo.


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O FERRO E OS HOMENS DE ÉBANO

A metalurgia originária da África negra dominou a técnica da forja e dos fornos siderúrgicos muito antes dos admiráveis aços das cimitarras andaluzas, das katanas japonesas e dos sabres alemães. Não obstante isso, em 1885, julgando os negros autóctones como primitivos, a Conferência de Berlim partilhou o território africano entre os potentados coloniais europeus, ignorando por completo as fronteiras naturais, linguísticas e comerciais entre os povos daquele continente. Era o prolongamento do genocídio escravista e da diáspora transatlântica, cujas consequências devastadoras sobre o desenvolvimento da África subsaariana ainda hoje se fazem sentir.

Pesquisas com abalizado fundo empírico hoje indicam que África negra, muito precocemente, já no III milênio a.C., desenvolvera o complexo domínio do ferro, uma crucial conquista tecnológica desconhecida por egípcios, gregos e romanos durante um longo período da Antiguidade. Desde os anos 1980, questionava-se a primazia do surgimento do ferro na África do Norte, na região da atual Tunísia. Com a decisiva ajuda da UNESCO, novas e mais exatas datações arqueológicas de fornos e fragmentos permitiram a comprovação derradeira da hipótese da origem autônoma da siderurgia do ferro na África negra do centro-oeste, em diversos pontos do povo Bantu, próximos aos lagos na região da Nigéria. Para os interessados no aprofundamento dessa discussão, eis aqui uma obra de referência para os embates arqueológicos e antropológicos:


Em uma África de enormes fornos cônicos, o ferro viria a ligar-se intimamente à fertilidade da terra, pois logo tornou-se essencial à produção dos implementos agrícolas (em especial a enxada) com reflexo imediato na própria divisão sexual do trabalho, tornando as mulheres cultivadoras muito mais dependentes dos homens que detinham a exclusividade das ocupações metalúrgicas. Além de ser frequentemente usados como dotes, os utensílios de ferro, em especial o martelo e a bigorna, tornaram-se também presentes nas cerimônias de entronização de diversos chefes e soberanos como insígnias de poder. O próprio artefato bélico tratado pelo poema acima – kpinga – não consistia apenas em uma crudelíssima arma branca de arremesso: ele é também um importante símbolo de nobreza dos guerreiros Azande, um povo metalurgista localizado entre o Congo, a República Centroafricana e o Sudão do Sul, estudado, entre outros, pelo antropólogo Evans-Pritchard.

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Nas Cartas Jesuíticas organizadas por Capistrano de Abreu em 1887, Manuel da Nóbrega menciona o irmão Matheus Nogueira, um “ferreiro de profissão”, morto em 1561. A metalurgia de Matheus em nosso período colonial dedicava-se sobretudo a produzir coisas miúdas: anzóis, facas e pontas de lança, objetos com os quais os religiosos cortejavam os indígenas a fim de batizá-los e dissuadi-los do consumo da carne humana. E cá no Brasil contemporâneo todos certamente já ouvimos ao menos alguma referência aos chamados ferros de Ogum, o orixá que na cultura iorubana exerce o patronato da metalurgia. E no que concerne à experiência negra com o ferro, tem-se dado pouquíssima atenção ao testemunho de Wilhelm Ludwig von Eschwege, o Barão de Eschwege, mineralogista germânico trazido ao Brasil por Dom João VI em 1810. Em um depoimento de Eschwege encontrei o registro dos homens que pela primeira vez teriam fundido o ferro em terras mineiras, lamentavelmente só reconhecíveis pelos nomes de seus respectivos senhores. Trabalhando no sítio que décadas depois seria a Itabira de Drummond e da Companhia Vale do Rio Doce, o Barão de Eschwege escreve: “Na província de Minas, a fabricação do ferro tornou-se conhecida no começo deste século [XIX], através de escravos africanos. O ferro foi fabricado pela primeira vez em Antônio Pereira, por um escravo do capitão-mor Antônio Alves, e também em Inficionado, por um escravo do capitão Durães (o mesmo senhor que achara cobre nativo arenoso). Ambos disputavam a honra da prioridade.” O livro de Eschwege a respeito das vicissitudes da metalurgia e da mineração brasileiras foi publicado na Alemanha, em 1833, sob o título Pluto Brasiliensis, contando com essa tradução em português, que sairia na coleção Brasiliana apenas em 1944.

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Volto à África, agora a magrebina, mais especificamente à medina de Rabat, no Marrrocos, a pouco mais de 300 quilômetros de Marraquexe, onde gravei o vídeo abaixo em 2009. Uma característica fundamental das medinas muçulmanas é a rigorosa proibição de que no seu interior seja utilizada qualquer espécie de máquina em processos produtivos. Nelas só é autorizado o trabalho manual que preserve técnicas e linhagens de ofícios ameaçados pela mecanização industrial e a indiferença ao artesanato ensejada com a inundação de bugigangas chinesas. Para alguém como eu, interessado em fenomenologia desde uma perspectiva antropológica, ir ao Marrocos foi como transpor uma porta dimensional.  Depois de algumas fotografias e entrevistas com os curtidores de couro e os contadores de história da Praça Jeamma el-Fna, em Marraquexe, rumei para Rabat. Lá, na parte da cidade antiga,  encontrei um homem de nome Aniq, um ferreiro tradicional que estava manufaturando a encomenda de uma série de martelos de carpinteiro. Sobre a sua bigorna, com a ajuda de tenazes, lâminas e punções, uma marreta (malho) moldava a cabeça da ferramenta em preparo: ajustava as suas facetas, alargava o orifício que receberia o cabo e abria a fenda da unha usada em alavanca como extrator de pregos.

O trabalho da forja é lento, árduo e perigoso. Uma combinação delicada entre robustez, destreza e paciência. Absorto nesse verdadeiro espetáculo artesanal de um martelo que fazia outro, pensei na ferramenta primordial. Na linhagem dos utensílios que se engendraram, em um dado instante primevo, o metal fundido teve de ser moldado por pedras, madeiras e talvez até por ossos. Contudo, uma vez inaugurada essa nova genealogia, as ferramentas procriam até que das mãos que as empunham surjam as máquinas que já nos fazem esquecer o caráter plenamente utensiliar dos instrumentos que franquearam ao homem essa via irreversível de domínio crescente do mundo natural, inclusive rumo à sua destruição e ao seu exaurimento, legado que alcança já o registro geológico nas formações das rochas plastiglomeradas do Antropoceno.

Cada vez mais me convenço que a ferramenta primitiva não foi inventada nem propriamente descoberta: ela simplesmente aconteceu como uma confluência benfazeja entre a mão, a mente e as circunstâncias. Durante muito tempo, a tradição cartesiana, reiterada inclusive por Marx, nos fez acreditar que a mão é o simples executor daquilo que o cérebro pensa e planeja: a mente comanda, o membro cumpre. Em O Capital, Marx nitidamente subscreve essa primazia da ideação mental sobre a inteligência do corpo: “Uma aranha executa operações semelhantes às do tecelão, e a abelha supera mais de um arquiteto ao construir sua colméia. Mas o que distingue o pior arquiteto da melhor abelha é que ele figura na mente sua construção antes de transformá-la em realidade. No fim do processo do trabalho aparece um resultado que já existia antes idealmente na imaginação do trabalhador.” (cap. VII, Seção I). Claro que Marx tem razão em grande parte de  no que afirma, afinal aranhas e abelhas não possuem cérebro. Entretanto, um conceito fundamental que venho pesquisando na fenomenologia de Heidegger, caro tanto a minha poesia e reflexões teóricas, permite revisar essa perspectiva: Zuhandenheit, a manualidade ferramental e utensiliar dos entes intra-mundanos. Inclino-me assim a compreender que não apenas a mão faz aquilo que o cérebro pensa: primariamente, o cérebro só pôde pensar aquilo que a mão conseguia fazer. Ou seja: a estrutura da manualidade humana, com todos os traços anatômicos e evolutivos de sua proporção e de sua disposição preênsil, encontra-se na própria origem do pensamento e da linguagem humanos, rearticulando o corpo, a mente e a linguagem em uma totalidade existencial capaz de superar o antigo dualismo psicofísico herdado de Platão, com todas as suas armadilhas cognitivas e amplíssimas consequências metaforizantes.

Essa  preocupação filosófico-antropológica, à qual retorno sistematicamente, já compareceu, misturada a outras, a diversas publicações de meu projeto poético-ensaístico, dentre as quais destaco duas mais recentes: uma que aborda a faca, no poema Ofícios da Carne e outra sobre O Çapateiro.  Contudo, uma vez que esses links trazem digressões que podem rapidamente se tornar aborrecidas aos que não se interessam por tantas minúcias, recomendo que se vá direto aos poemas. De outro lado, é bastante compreensível que, de um ângulo como o da Literatura, o qual definitivamente não é o meu, só se possa enxergar em tais obras a vaga manifestação de algum sentimento anti-lírico ou de uma mera poesia de coisas.

Retorno novamente ao Marrocos. Enquanto fotografava o labirinto da medina de Rabat, retornei por três vezes à oficina de Aniq, tentando convencê-lo a vender-me um daqueles martelos maravilhosos. Depois de muita conversa e de uma negociação cheia de blefes e caretas, típica do comércio muçulmano, consegui arrancar dele, por 20 euros, um exemplar da série. Anos depois eu arranjaria para aquele martelo um lindo cabo de angelim-pedra e mandaria até confeccionar uma caixa de vidro com uma lâmpada dicróica acoplada. Pretendia  deixá-lo na sala de casa, em um ambiente expositivo que o retirasse dos olhares capazes de só ver nas suas irregularidades uma triste ferramenta imperfeita e supostamente antiga. Isso é o que pretendia, porque antes de receber a tal caixa do vidraceiro que iria confeccioná-la, parti em viagem e emprestei meu apartamento a um querido amigo. Ao voltar para casa, encontrei sobre a mesa uma ótima garrafa de vinho e um bilhete de agradecimento pela hospedagem escrito mais ou menos assim: “Tudo ótimo, mas no sábado deixei os faróis ligados e a bateria do carro arriou. Peguei o teu martelinho pra soltar os contatos do cabo e acabei esquecendo na rua, daí comprei um Tramontina novinho na ferragem da esquina.”. No começo, imaginei que aquilo fosse uma brincadeira. Pensei: vai ver que, quando ausente, o vidraceiro apareceu para entregar o tal expositor e acabou falando algo sobre o martelo. Quando descobri que era tudo verdade, fiquei, por óbvio, muitíssimo furioso. Perdi a minha relíquia, da qual conservava até um vídeo do seu nascimento, e ganhei em troca esse presente de grego:

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É difícil descrever sucintamente o orgulho que Aniq envergava por seu ofício de ferreiro. Recordo de seu discurso altivo e às vezes virulento a respeito das diferenças entre o ferro trabalhado pela mão humana e aquele outro, derramado nos moldes pelas fundições. Em meio àquela mistura precária de árabe, francês e gestos, eu só conseguia recordar do poema O ferrageiro de Carmona,  de João Cabral de Melo Neto, a respeito de balcões e açucenas. E acho agora absolutamente extraordinário conceber que tudo isso possa ter a sua origem na África negra.

 

O FERRAGEIRO DE CARMONA

Um ferrageiro de Carmona,
que me informava de um balcão:
“Aquilo? É de ferro fundido,
foi a forma que fez, não a mão.

Só trabalho em ferro forjado
que é quando se trabalha ferro
então, corpo a corpo com ele,
domo-o, dobro-o, até o onde quero.

O ferro fundido é sem luta
é só derramá-lo na forma.
Não há nele a queda de braço
e o cara a cara de uma forja.

Existe uma grande diferença
do ferro forjado ao fundido:
é uma distância tão enorme
que não pode medir-se a gritos.

Conhece a Giralda, em Sevilha?
De certo subiu lá em cima.
Reparou nas flores de ferro
dos quatro jarros das esquinas?

Pois aquilo é ferro forjado.
Flores criadas numa outra língua.
Nada têm das flores de forma,
moldadas pelas das campinas.

Dou-lhe aqui humilde receita,
Ao senhor que dizem ser poeta:
O ferro não deve fundir-se
nem deve a voz ter diarréia.

Forjar: domar o ferro à força,
Não até uma flor já sabida,
Mas ao que pode até ser flor
Se flor parece a quem o diga.

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